PAR ARIEL HERNAN MOHR

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Revista Ñ - Cultura y Arte

lunes, 21 de enero de 2008

APRENDIENDO A CONOCER

Aprendiendo a conocer

Estoy sólo en mi casa. El televisor prendido con una película de Jackie Chan y yo sentado tratando de describir una tarde de mi vida en Guayaquil.
Guayaquil, ciudad hermosa, cosmopolita, de encuentro cultural y étnico. Como toda ciudad grande posee sus encantos y sus miserias, pero en la que lo que realmente importa es su gente.
Hay ciudades que son hermosas desde el punto de vista arquitectónico; otras que lo son desde el punto de vista cultural, y otras que lo son por motivos afectivos. Ésta última es “mi” Guayaquil.
Para conocer a Guayaquil, para entenderla, hay que vivirla.
Así sucede con las personas.
La vida nos pone personas en nuestras vidas, y nosotros nos encargamos de conocerlas, de vivirlas.
Anteriormente les hablaba del tan en boga “Misterio de comunicar”; ahora les voy a hablar sobre la Aventura de aprender a conocer.
Hasta hace poco daba clases en un colegio-escuela que poseía serias limitaciones en los criterios de enseñanza y adolecía de falta de decisiones en cuanto al actuar de sus alumnos. El reto era dar clases de francés en cursos que se encontraban seriamente desmotivados en cuanto al aprendizaje. Todo un reto. Comencé desorientado, debo admitirlo, pero luego, de a poco, todo fue cambiando. Desorientado porque no encontraba las herramientas para entusiasmarlos con algo tan bello para mí como es el idioma francés. Al principio comencé con los saludos (lo básico), y luego proseguí con las formas básicas de preguntar y responder. El tema es que en lo que es hipotético y teórico estaba todo bien, pero no lograba motivarlos. Así fueron pasando las clases hasta que encontré un software que me permitía poner subtítulos a videos. Ése fue un quiebre en las clases de francés. A partir de ése momento, para algunos se despertó un amor, una fiebre del idioma francés, ya que podían ver y expresar lo que en teoría se les daba. El entusiasmo por cantar al son de los video clips, con músicos franceses, cantantes franceses, en lengua francesa, les fue llevando, poco a poco, a un entusiasmo por ver nuevos videos, por cantar en francés, por aprender a pronunciar bien, por adquirir nuevos conocimientos que la respuesta ante el estímulo de algunos me dejó atónito. Chicos y chicas que en su vida habían pronunciado o tenían idea de francés, ahora estaban cantando y pronunciando de tal modo que parecía que lo hubieran hecho de toda la vida. La mayor revelación fue María José (Majito para sus compañeros), excelente voz y extraordinaria manera de adaptarse a una lengua extrajera.
No se dan una idea de la alegría que eso representa para un profesor. Sobre todo de una lengua extranjera no tradicional.
Es así que me di cuenta de que lo que siempre predicaba, sobre la enseñanza de Cultura y lengua francesa, estaba en lo cierto: Se necesita conocer para aprender. Los chicos eran indiferentes, al inicio, porque en realidad no les estaba dando la oportunidad de “conocer” la lengua francesa, sino que simplemente les estaba informando sobre ella. Mi teoría del actual homo videns se vio respaldada por esta evidencia irrefutable.
Mi relación con los chicos cambió, ya que ahora los chicos se identificaban más con la materia, y poco a poco se fue desarrollando una relación de mutua comprensión entre alumno y profesor. Aprendimos a conocernos.
Sin darnos cuenta, nos dimos la oportunidad de aprender a conocernos, de identificarnos con alguien a través de un vínculo. En éste caso el idioma francés.
Hoy en día, me encanta Guayaquil como ciudad, aunque al principio estuviera desorientado, ya que empecé a identificarme con ella a través de un vínculo: su gente.
Yo era muy crítico de Guayaquil; ahora soy comprensivo. Antes me mantenía ajeno; ahora me involucro. Yo también quiero ser parte de éste Guayaquil, quiero aportar para embellecerlo y mejorarlo. Es un reto para un extranjero, pero de a poco se lo puede lograr. Es la única forma de conocer algo o a alguien.
Cuando nos atrevamos a vivir lo que vive la otra persona, cuando nuestro corazón y entendimiento comienzan a sentir lo que siente la otra persona; es allí que comenzaremos a conocerla. La base del prejuicio es la falta de compromiso en conocer lo que es ajeno. Cuanto más comprometidos estemos a conocer, tanto mayor será la comprensión de la realidad. Tanto la historia como la realidad no se las critican, se las comprende.
Pero ése es otro tema que más adelante me gustaría tocar: La crítica historicista.
Sin más, solamente quiero darles las gracias a mis ex-alumnos, por la oportunidad que me dieron de formar parte de sus vidas, y espero no haberlos defraudado.

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